Cuento Ganador

Cuento Ganador

La caja secreta

Por Ana Paola Emanuele

Unicoc – Sede Cali

 

Cuando Akira cumplió 21 años, recibió la herencia de su abuela Keiko; ella le dejó una Himitsu-Bako: una caja secreta japonesa del siglo XIX. Era de madera grabada con hermosos patrones geométricos, hecha a mano, de forma rectangular y abría con una serie de movimientos precisos, como todas las cajas de esa naturaleza.

Akira no sabía cómo abrirla, lo había olvidado, pero estaba dispuesta a descubrirlo ya que la había dejado su abuela, especialmente para ese día y con todo el cariño que siempre le había tenido. De niña admiraba la caja, para ella era un tesoro, le gustaba ver como su abuela la abría y guardaba en ella sus aretes favoritos. Su abuela le decía: “No se abre con una llave, la abres con el corazón, además la caja no es el tesoro es la ruta para encontrarlo”.

La madre de Akira le entregó este regalo y una tarjeta escrita por Keiko, la nota decía: “Recuerda, la caja es la ruta para encontrar lo que consideres es el más grande tesoro. Con amor, tu abuela”.

Akira estaba feliz con su presente de cumpleaños, pero confusa con las palabras escritas en la tarjeta, ¿qué significaban?

Esa noche, cansada después de la celebración de cumpleaños y de intentar recordar como abrir su preciado regalo, se fue a dormir. En sueños vio a su abuela quien le decía: “Muy pronto entenderás lo que te dije y encontrarás la felicidad que mereces”.

A la mañana siguiente, la chica se marchó temprano de casa, decidió ir a la tienda de regalos artesanales más famosa de la ciudad para pedir ayuda y poder abrir la caja.

En el camino iba diciéndose, tal vez alguien en la tienda sepa cómo abrirla o yo recuerde cómo hacerlo.

Siguió su camino pensando y pensando cómo se abría la caja. De repente, recordó los pasos que su abuela seguía para abrirla, eran diez movimientos exactos, de niña la había visto abrirla muchas veces.

Estaba tan entusiasmada, decidió devolverse al parque que acababa de cruzar y buscar una banca para sentarse y abrirla inmediatamente, no quería esperar más. Tal era su emoción que giró rápidamente, sin notar la gran piedra en el suelo, tropezó y cayó soltando la caja, la cual cayó unos metros más lejos.

Ella se lastimó la rodilla, sin embargo, su preocupación era la caja. Afortunadamente, había alguien cerca que corrió a auxiliarla y le extendió la mano para ayudarla a ponerse de pie.

Akira sujetó la fuerte mano, mientras la ayudaba a ponerse de pie le preguntó: “¿Estás bien? Te has raspado, pero no te preocupes, puedo curar tu herida, tenemos un kit de primeros auxilios en la oficina, trabajo cerca, podemos ir allá si lo deseas”.

¡Mi caja, ¿dónde está?!

Akira se levantó y sus ojos encontraron un amigable rostro con una hermosa sonrisa. Se trataba de un chico de unos 25 años. ¡Qué guapo!, pensó.

El chico avanzó hacia donde estaba la caja, la levantó y se la entregó a su dueña.

“Es hermosa, le dijo mientras se la pasaba, yo trabajo en la tienda de regalos artesanales y tenemos varias cajas secretas, pero ninguna tan bonita como la tuya”.

Akira le sonrió, se presentó y agradeció su ayuda, también aceptó su colaboración para curar su herida en la rodilla. El chico le dijo su nombre y le ofreció su brazo como apoyo. “Muy bien, dijo él. Vamos a la tienda”.

Ella tomó la caja secreta con alegría y susurro para sí: “¡Gracias abuela, ya entiendo tus palabras… comprendo cuál es el verdadero tesoro!”.

 

 

 

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